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Fotografío la Semana Santa de Badajoz. No la miro como postal ni como acto de fe, sino como un espectáculo que se repite cada año casi idéntico: los cirios que proyectan sombras alargadas sobre las fachadas, los militares de uniforme impecable que flanquean los pasos, las bandas, los cofrades encapuchados que avanzan en silencio como figuras de otro tiempo.

Me interesa la mezcla. La imaginería, con sus cuerpos alargados y sus rostros dolientes de herencia manierista, convive con los aplausos, los vítores y la vida ordinaria de la calle. El rito no permanece intacto: se amalgama con lo cotidiano, y lo solemne acaba rozando la fiesta.

En «La saeta», Machado prefería al Cristo que anduvo en el mar antes que al del madero. Yo no tomo partido: observo cómo se repite.